Imágenes del grupo de amigos del Barrio del Águila… EL PASEO A LA PLAYA DE HUEHUETE

Publicado el 20 abril 2011 por Federico Michell Zavala

Para fines de febrero de 1968 el conjunto de adolecentes que formábamos el grupo de amigos del Barrio del Águila estábamos de vacaciones escolares; la estación más cálida y seca —el particular verano de los nicaragüenses— se manifestaba con esplendor en las costas del Pacífico donde el sol brillaba rutilante, el viento acariciaba impúdico sus arenas y las olas danzaban impetuosas al ritmo de cantos de sirenas; doña Julia Salinas de Acevedo (Q.E.P.D.) era devota del mar y aprovechaba toda oportunidad que se le daba para visitarlo. Tres circunstancias que, juntas, hacían sobrancera cualquier otra para entender porqué en aquellos días nuestra brújula apuntaba rígida hacia el océano. Así que —como en anteriores ocasiones—, sin más motivo que las ansias de verano, de la mano de doña Julia y unidos al tropel de sus hijos —que también eran de nuestro grupo—, varios de nosotros marchamos el fin de semana del 24 y 25 de febrero de un lejano 68 rumbo a la Playa de Huehuete.

Aquel lugar de esparcimiento constituye referencia inevitable para muchos que fuimos del Barrio del Águila. Allí pasamos días felices de nuestra infancia y juventud. Más que ninguna, dicha playa fue destino inolvidable de muchas de nuestras escapadas veraniegas a la par de los miembros de la familia Acevedo Salinas, del padre, don Hernaldo, que nos toleraba, y de la madre, nuestra querida doña Julia ya mencionada, que nos consentía, encubría, animaba, impulsaba y protegía.

Hacia la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo, Huehuete era, además de pequeño poblado de pescadores, un encantador balneario frente al océano Pacífico perteneciente al municipio de Jinotepe, del departamento de Carazo, en Nicaragua, enclavado en un tramo de costa no mayor de unos quinientos metros, delimitado por formaciones rocosas en ambos extremos y una extensa salinera a sus espaldas. A lo largo de aquel recodo costanero se agrupaban dos hileras de casas que no creo llegaran a sumar más de una veintena por aquellos días. Eran edificaciones sencillas, carentes de lujos, construidas algunas con piedra cantera y tablones de madera. Auténticas casas de recreo, de pocas habitaciones, pero abundantes en corredores abiertos a la brisa marina, donde poco importaba si uno entraba goteando agua de mar o llevaba los pies descalzos llenos de arena. Pertenecían casi todas a tradicionales familias jinotepinas, pues, así como Casares, el balneario contiguo, era propio de los naturales de Diriamba —ciudad del mismo departamento de Carazo—, Huehuete era patrimonio de los vecinos de Jinotepe.

Antes de llegar a aquella recóndita playa había que vadear el río La Flor —del puente que hay ahora, entonces ni pensar—, que no siempre era fácil. El conductor debía conocer con exactitud el punto donde cruzar, lo cual se complicaba dadas las variaciones que sufría en dependencia de la corriente y la época del año. De forma que no todos los vehículos lo conseguían, quedando muchos varados en plena corriente hasta que eran auxiliados por quienes habían tenido mejor suerte. La barrera natural del río con su inherente dificultad para franquearlo, agregada a la característica de un sitio cuyos pocos propietarios eran unos cuantos autóctonos de Jinotepe, seguramente entrelazados por parentescos o amistades de vieja data, hacían de Huehuete una playa íntima, de uso casi exclusivo a los que en ella tenían casa propia y sus escasos invitados, incluidos, entre los últimos, nosotros. De manera que aún en períodos de Semana Santa, cuando la afluencia de vacacionistas alcanzaba su máximo, la playa lucía holgada para la poca cantidad de usuales ocupantes.

Nuestros viajes a Huehuete de ordinario los hacíamos a bordo de la camioneta Land Rover que, siendo de don Hernaldo Acevedo Rueda, era diestramente conducida por el hijo, Hernaldo Acevedo Salinas (Q.E.P.D.), nuestro Nando. En su tina trasera se acomodaban, primero, todos los bártulos y provisiones requeridas para la estancia veraniega y, después, entre medio y encima de tanta cosa, la pléyade de chavalos que formábamos parte del conjunto de viajeros. Y así íbamos, como en la escena introductoria de Los Beberly Ricos —serie televisiva estadounidense bastante estúpida transmitida en aquellos tiempos—, desde Managua hasta llegar al mar.

Hace cuatro décadas, la modesta casa veraniega de los Acevedo Salinas estaba justo al comenzar el Balneario de Huehuete. Sencilla construcción de una planta con estructura y paredes de madera, piso de ladrillo corriente y techo cubierto con láminas de zinc. Dos habitaciones que hacían de dormitorios, un corredor que las separaba y más corredores alrededor, abierto el que daba de frente al mar y parcialmente cerrados los demás, sirviendo, parte del que se extendía al fondo, para dar cobijo al comedor y la cocina. Afuera, un pozo artesanal de agua salobre, apta sólo para el aseo doméstico, y, más allá, a unos diez metros de la vivienda, un onomatopéyico “pom-pom”. Carente de energía eléctrica, al oscurecer había que echar mano de lámparas Coleman, candiles o simples velas. El agua para consumo personal se llevaba en botellones desde la ciudad o íbamos a traerla en barriles al río La Flor. Tan poco todo, a los dueños de casa y a nosotros, sus habituales invitados, nos bastaba y hasta sobraba para sobrellevar unas estancias placenteras.

Las dos únicas habitaciones disponibles correspondían a don Hernaldo, doña Julia, los de menor edad y las pertenecientes al bello sexo. Los demás —varones todos— nos acomodábamos y dormíamos en los corredores, acompasando el sueño al pendular indolente de las hamacas o en esteras y colchoncillos tendidos en el suelo. Si la brisa marina canturriaba refrescando las horas, el reposo era fructífero, pero, si amainaba, el calor se abría paso entretejiendo sus hilos invisibles y ahí te quiero ver despojándote de sábanas y demás trapos ensopados de sudor. Mas de inmediato, alertado por agudos zumbidos, se comprendía que aquella impulsiva acción había dejado desprotegido un imprevisto flanco, sometido a hordas de inmensas pirañas voladoras mal llamadas zancudos, empeñadas en desangrarte hasta la muerte. Entonces se iniciaba una airada discusión según la cual las pirañas, a base de aguijonazos, intentaban convertirte en involuntario donador de sangre, mientras uno contra argumentaba con sonoras palmadas que iban a estrellarse en vano contra las mejillas, hombros, brazos, piernas y resto de cuerpo convertido en blanco de los afilados agujones. Derrotado, había que recuperar las abandonadas sábanas para amortajarse con ellas de pie a cabeza, como si de momia azteca o egipcia se tratara, intentando de tanto en tanto una bocana del enrarecido aire conservado dentro del sarcófago de tela, en procura de no desfallecer de asfixia. Hasta que el cansancio podía más que el calor o las pirañas-zancudos, o el encerramiento y, finalmente, terminábamos conciliando el sueño.

Otras criaturas con que solíamos compartir al interior de la casa eran los habituales alacranes. Estas mascotas tenían la costumbre de adueñarse de las prendas personales de los demás: camisetas, pantaloncillos, calzado, trajes de baño, toallas, etc., para acomodarse en ellas a sus anchas. De manera que, cuando el propietario original pretendía echar mano de alguna de aquellas, se hacía merecedor de la ponzoñosa protesta del usurpador. Tras la interjección apropiada en tales casos, correspondía aplastarlo de un sonoro zapatazo, maniobra con que casi siempre se lograba desanimarlos un tanto. Sin embargo, el daño estaba hecho, al agudo dolor inicial seguía la inflamación y el adormecimiento del área afectada, fiebre y hasta un poco de sueño. Era común que también se inflamara la lengua, por lo cual uno pasaba a hablar en un ininteligible idioma parecido al ruso o al sueco. Pero todos esos males resultaban superables cuando se disponía —como, previsores, acostumbrábamos nosotros— de la Curarina de Juan Salas Nieto, una especie de mágica pócima procedente de Colombia, capaz —según el decir de su etiqueta— de sanar el piquetazo de la más venenosa de las alimañas venenosas.

Mas el ámbito que desbordábamos con nuestra presencia no era la casa, sino la fulgurante playa. Luego de un temprano y suculento desayuno preparado por doña Julia, nos trasladábamos hasta sus rutilantes arenas y, nomás llegar, era sumergirse en sus cálidas aguas, cabalgando las olas a mar abierto, saltándolas, buceándolas, dejándose arrastrar por ellas. Tras el baño, que podía prolongarse varias horas, venía bien un recorrido en grupo a lo largo del balneario, que servía —en el caso de los varones— para pasar revista de las jóvenes bañistas. A veces realizábamos exploraciones más allá de las fronteras de Huehuete. Caminando al norte, llegábamos hasta una reducida y apacible ensenada que invitaba a soñar con el hallazgo de ocultos tesoros de piratas o la aparición de princesas marinas encantadas. Hacia el sur, recorríamos la extensa y deshabitada costa de Tupilapa —ahora sembrada de edificaciones—, cuyo silencio sólo interrumpía el rugido del oleaje o el ulular del viento. Si la marea estaba baja, íbamos a bañarnos en la Poza La Dorothy —alguien habrá de conocer el origen de tal nombre—, embalse natural formado entre las rocas que el mar llenaba y vaciaba según los dictados de la Luna. Al atardecer, nos enfilábamos sobre la arena a contemplar alucinados el incendiado ocaso con su infinita paleta de colores, intentando retener el instante imposible en que la última porción del disco solar se ocultaba bajo el horizonte. Entrada la noche, enjuagada la sal de los cuerpos y sustituidos los húmedos trajes de baño por ropa ligera y seca, después de la cena retornábamos a la playa, auto convocados entorno a la fogata que encendíamos con añejos troncos resecos de mar, mancillando las oscuridad nocturna para celebrar el rito ancestral de reunirnos frente al mágico fuego.

Según el reloj diurno acrecentaba sus cifras y los rayos del Sol incrementaban su intensidad amenazando con reducir nuestras humanidades a un puño de cenizas, nos veíamos forzados a buscar refugio temporal a la sombra de la casa. Así que, desde cerca del mediodía y no más allá de las cuatro de la tarde, permanecíamos desperdigados por sus corredores compitiendo por la posesión de las mecedoras y las hamacas colgadas de los horcones —“el que se va para Portugal, pierde su lugar”— o simplemente tirados por el piso. Indolentes, conversábamos de cualquier cosa y reímos de todo y nada. Si languidecían los temas, jugábamos cartas u otros juegos de mesa en espera del momento de retornar a la playa.

El interludio transcurrido bajo techo poco reducía el impacto de las horas acumuladas a pleno Sol. En consecuencia, para el final del segundo día la piel de los más claros había adquirido un color rojo intenso parecido al de los cangrejos ambulantes por la arena, mientras los que eran más bien morenos mostraban una tonalidad cercana al morado, similar al de los mantones usados para cubrir las imágenes de los templos católicos en Semana Santa. No se daba en nosotros el uso de cremas protectoras, acaso entre las mujeres. Nada conocíamos de cáncer de piel por exposición excesiva a los rayos solares y, si hubiéramos sabido, poco nos hubiera valido. Entonces quedaba aguantar como valientes las brasas incandescente padecidas al más pequeño roce en los hombros, o la espalda, o cualquier otra parte —sin que por ello disminuyeran un ápice nuestras subsiguientes permanencias en la playa—, mientras íbamos despellejándonos por completo, mudando cual serpientes, hasta terminar inaugurando una nueva y lustrosa vestimenta corporal.

Así —por lo general— eran nuestras estancias. La variación en la intensidad de las actividades dependía, más que todo, de la duración de las mismas. La estadía testimoniada en las fotografías abajo agregadas, tomadas el domingo 25 de febrero de 1968, como se apuntara en el párrafo inicial, fue un paseo de fin de semana en que, presididos por don Hernaldo Acevedo Rueda y doña Julia Salinas de Acevedo (Q.E.P.D.), en esta ocasión también acompañados por doña Dominga Núñez Lacayo —madre de los Ocón Núñez— y doña Magda Mora Bendaña —madre de los Vado Mora—, a la par de Rita, Hernaldo (Q.E.P.D.), Patricia, Mario, Marta Julia, Antonio Acevedo Salinas y la prima Susy —de la que alguien entre los anteriores tendría que informarme de su nombre completo—, participamos, también, Edgard Delgado Montalván, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.), Federico Michell Zavala, Francisco Robelo Argüello, Larry Vado Mora, María Dolores Ocón Núñez, Nadine Ocón Núñez y Octavio Caldera Azmitia, aunque en las fotos no se muestren todos los mencionados. Por mucho esfuerzo empeñado, nada he podido recordar de la tienda de campaña que aparece instalada en la playa. Debo tan sólo suponer que nos habrá servido para aventurarnos —los varones— a pasar la noche en ella.

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Larry Vado Mora, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) y Francisco Robelo Argüello - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968 (Fotografía defectuosa)

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Larry Vado Mora, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) y Federico Michell Zavala - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Francisco Robelo Argüello, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) y Federico Michell Zavala - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Larry Vado Mora, Francisco Robelo Argüello y Federico Michell Zavala - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Al frente: Larry Vado Mora; al fondo: Federico Michell Zavala; en el extremo derecho: Francisco Robelo Argüello - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Al frente: Federico Michell Zavala, Francisco Robelo Argüello, Larry Vado Mora, persona desconocida y Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.); al fondo: Rita Acevedo Salinas (apenas visible), Marta Julia Acevedo Salinas (muy al fondo), Nadine Ocón Núñez (de espalda) y Patricia Acevedo Salinas - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Larry Vado Mora, Hernaldo Acevedo Salinas (Q.E.P.D.) (apenas visible detrás de Larry), Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) y Federico Michell Zavala - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Adelante: Susy; atrás: Marta Julia Acevedo Salinas, Nadine Ocón Núñez, Rita Acevedo Salinas y María Dolores Ocón Núñez; muy atrás: Federico Michell Zavala - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Francisco Robelo Argüello, Edgard Delgado Montalván (parcialmente visible detrás de Francisco) y Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

Amigos del Barrio del Águila

El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Rita Acevedo Salinas - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Federico Michell Zavala, Nadine Ocón Núñez, Rita Acevedo Salinas, Susy, Larry Vado Mora y María Dolores Ocón Núñez - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

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El paseo a la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Federico Michell Zavala, Octavio Caldera Azmitia, Nadine Ocón Núñez, Rita Acevedo Salinas, María Dolores Ocón Núñez y Larry Vado Mora - Poza La Dorothy, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

El Crucero, Managua, Nicaragua, miércoles 20 de abril de 2011.

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