Imágenes del grupo de amigos del Barrio del Águila… LA ESTADÍA EN LA PLAYA DE HUEHUETE

Publicado el 15 mayo 2011 por Federico Michell Zavala

La Semana Santa de 1968 estuvo comprendida entre el domingo 7 y el domingo 14 de abril. Como era casi invariable costumbre, doña Julia Salinas de Acevedo (Q.E.P.D.) se trasladó con sus hijos a la sencilla casa que poseía en la Playa de Huehuete, sobre la costa del océano Pacífico perteneciente al municipio de Jinotepe, en el departamento de Carazo, de Nicaragua. A sus hijos, Rita, Hernaldo (Q.E.P.D.), Patricia, Mario, Marta y Antonio Acevedo Salinas, nos sumamos en aquella ocasión, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.), Federico Michell Zavala, Juvenal Vado Mora, Larry Vado Mora, María Dolores Ocón Núñez y Nadine Ocón Núñez. Don Hernaldo Acevedo Rueda, cabeza de la familia anfitriona, habrá llegado hasta Miércoles o Jueves Santo.

A más de 40 años de distancia, los recuerdos de las diferentes estadías en Huehuete se me entremezclan confundiendo eventos de unas con los de otras. La estancia de la Semana Santa del 68 se me perfila demarcada por la dispersión del grupo de amigos del Barrio del Águila. Fuera de los miembros de la propia familia Acevedo Salinas y las dos hermanas Ocón Núñez, de los restantes del Barrio sólo estuvimos en dicho balneario los ya mencionados Douglas (Q.E.P.D.), Juvenal, Larry y el que escribe. Es más, creo que el primero de los últimos nombrados no se nos unió sino a mediados de semana. Los otros integrantes del grupo de amigos debieron disgregarse por las demás playas del Pacífico nicaragüense.

Habrá sido ésta la vez que conocimos unas muchachas que, como nosotros, provenían de la capital y pasaban en Huehuete invitadas en una casa próxima a la nuestra. Estaban dos hermanas, que conocimos como Mayté y Teté, ambas muy guapas —en la Managua anterior al terremoto de 72 habitaban frente a la entrada a la luneta del Cine América—, había otra que apenas si recuerdo y una más, de poco buen ver y con el agravante de ser antipática, misma que llevaba su encrespado cabello teñido de un amarillo intenso, más bien tendiente al color naranja, motivando que  —con la poca delicadeza que caracteriza la adolescencia— le apodáramos “La Peróxido”, en alusión al agua oxigenada de seguro aplicada para conseguir tan refulgente tonalidad capilar. Con aquellas amigas de temporada, excepto “La Peróxido”, que por obvias razones nos evitaba, compartimos a lo largo de toda la estancia.

Como de costumbre, realizamos las usuales actividades de bañarnos a mar abierto o en las embalsadas aguas de la Poza La Dorothy; de recorrer la playa pasando revista de los demás bañistas o tendernos dispuestos en cuerpo y alma a la tarea de construir efímeros castillos de arena con sus muros, torres, fosas, puentes y almenas para esperar que subiera la marea y ver como el oleaje los derruía sin dejar ninguna huella; de encender nocturnales fogatas y sentarnos en torno a la luz de sus flamas danzarinas intentando develar los arcanos del universo.

Debe haber sido hacia la tercera noche de permanencia que, después que los otros se fueran a dormir, Larry y yo, afectados de resequedad en la garganta, emprendimos una dedicada exploración en procura de cualquier oasis donde estuvieran en la samaritana disposición de dar de beber a dos sedientos peregrinos. Guiados por nuestra buena estrella, tuvimos la suerte de arribar con salud al pródigo estanco de la María Laguna, honorable matrona del caserío conocida por el noble empeño que ponía en saciar las ansias etílicas de los desesperados visitantes que tocaban a su puerta. Pronto fuimos atendidos por la solícita mesonera, quien puso bajo nuestras narices dos altas copas de las entonces conocidas como “tacón alto” rebosantes no sé si del muy proletario “guaro lija” o del más procesado aguardiente Santa Cecilia, por aquel tiempo de amplio consumo entre el pueblo de Nicaragua —el último después desplazado por el Ron Plata del poderoso y monopólico consorcio de la familia Pellas—. En correspondencia a la atención recibida, alzamos copas vaciando de golpe su ardiente contenido. De inmediato nos asaltó la nostalgia, empañándonos la visión con profusas lágrimas, brasas ardientes prendieron dentro de nuestras vasijas abdominales y la voz se nos redujo a un afónico silbido similar al emitido por los asmáticos en sus momentos de peor crisis.

A la hora que arribamos, la cantina, piso de tierra y alumbrada apenas por la mortecina luz de una lámpara Coleman, lucía casi vacía, acaso uno o dos humildes pescadores ocupando algún rincón, laborantes del silencio. Mas, según la Luna tendía al cenit de su travesía, empezamos a ser testigos de un inesperado fenómeno: surgidos de la oscuridad, como fantasmas de la noche, de una en una fueron apareciendo pálidas figuras enfundadas en batas, pijamas y pantuflas. Eran los amos y señores de Huehuete que amparados en las sombras y los acompasados ronquidos de sus conyugues, salían sigilosos de sus lechos en busca del consuelo líquido brindado por doña María. A partir de ahí, el ambiente del sitio adquirió una insospechada animosidad y, conforme el elíxir servido por la propietaria acentuaba sus efectos, fueron cayendo barreras generacionales y de clase, de forma que no hubo de pasar mucho rato para que encumbrados señorones, paupérrimos pescadores e imberbes adolescentes termináramos compartiendo como iguales en aguardentosa francachela. En algún momento, mientras de mi parte debatía con porfiado ahínco sobre “la inmortalidad del cangrejo” con uno de los pescadores y dos opulentos señores, al otro extremo podía ver como Larry, a sus cumplidos 17, parecía prodigar sabios consejos a otro señor de pijama a rayas con el que se encontraba fundido en emotivo abrazo, tal vez instruyéndole acerca de la manera más adecuada de administrar sus haciendas o las mejores técnicas para esquivar los celos de su seguramente engañada esposa.

Sosteniendo trago a trago el paso acelerado de aquellos insuperables veteranos de la bebida, pronto estuvimos hasta la médula de borrachos. Se nos “lenguaba la traba”, el estómago quería salirnos por la boca y un gélido sudor perlaba nuestras frentes. Así que dijimos adiós a los recién adquiridos camaradas y emprendimos el camino de regreso. Buscando la senda más cómoda, nuestra brújula marcó sur en vez de norte, llevándonos en dirección opuesta. Ello significó salir tras una entrada de mar que alimentaba la salinera de Huehuete, teniendo que salvar la corriente que parecía amenazar —ni siquiera llegaba a las rodillas— nuestras juveniles existencias. Superado aquel primer lance, nos apoyamos solidarios uno contra el otro formando una “V”, pero invertida, en que cabezas y hombros se juntaban, mientras una creciente abertura iba ampliándose hasta los pies. Sólo aquella maniobra, empleada a propósito de mejor sustentar el precario equilibrio, hizo posible que pudieramos continuar avanzando zigzagueantes sobre la arena.

No fue fácil completar el recorrido. Por algún inexplicable acontecimiento cósmico, el satélite lunar se dividió en dos palpitantes esferas luminosas que se mostraban ora juntas, ora separadas, obnubilándonos la visión. La pendiente de la costa, que siempre había sido casi plana, cambió a una inclinación mayor de 45 grados, haciéndonos derrapar hacia las profundidades del mar, obligados, por consiguiente, a corregir continuamente el curso de nuestros pasos en aras de no perecer ahogados. Las edificaciones, por lo regular estables en sus bases, giraban enloquecidas en vertiginoso ritmo, dificultando la fijación exacta de las coordenadas en que se encontraba la nuestra. A pesar de tanto caos reinante en la naturaleza, como los argonautas de Jasón, vencimos todos los obstáculos y, felizmente, arribamos salvos a casa.

A la mañana siguiente, excepto por un persistente dolor de cabeza, la lengua pastosa y una insaciable necesidad de tragar inconmensurables cantidades de agua, todo había vuelto a la normalidad. La casas permanecían inmóviles, como debe ser; la playa, nivelada casi a ras; un único astro alumbrando solitario en el firmamento. Los señores mayores, con los que apenas ayer habíamos departido como entrañables camaradas, se paseaban distantes en compañía de sus distinguidas esposas sin mirarnos —si te he visto no me acuerdo—, sin una mínima señal que aludiera la amistosa intimidad de la noche anterior.

Otro memorable, a la vez que lamentable suceso, fue el desprendimiento de un travesaño del corredor frontal de la casa de los Acevedo Salinas, originado en involuntarias circunstancias. Ocurrió que, siendo más los usuarios que las hamacas disponibles, y encontrándome yo en posesión de una de ellas sin que quedara otra libre, una de las muchachas, manifestando: “donde cabe uno, caben dos”, se procuró un sitio adicional en la que estaba bien ocupada por mí. Otra más, proclamando: “donde caben dos, caben tres”, siguió el ejemplo de la primera. Finalmente, Patricia Acevedo Salinas, al grito de: “donde caben tres, caben cuatro”, tomó impulso y se lanzó sobre el molote. En seguida, la pieza de madera de la cual colgaba uno de los extremos de la sobrecargada hamaca, contrariando lo afirmado por la última ocupante, se quebró de cuajo, yendo a dar todos, entre clamores y risas, al duro piso. Doña Julia (Q.E.P.D.), convocada por el escándalo, al apreciar el estropicio tan sólo alcanzó decir: “Ay de Dios cuando vea Hernaldo!”, en referencia al previsible enojo de su esposo.

Venido don Hernaldo, observó el daño ocasionado con gesto adusto y manifiesto disgusto. Larry y yo, tenidos por supuestos responsables de la destrucción, fuimos convidados a dejar la casa y marcharnos de regreso a Managua. Preparábamos nuestras maletas cuando se nos dió contraorden, revocada la sentencia por intermediación de doña Julia (Q.E.P.D.) —cómo no quererla y extrañarla—, nuestra incondicional protectora. Ésta, con un temple hasta entonces desconocido en ella, se opuso con firmeza inquebrantable al desahucio decretado. Lastimado el amor propio, insistimos en marcharnos pese el perdón, hasta que nuestra defensora nos convenció en contrario, con lo que permanecimos por el tiempo que faltaba, aunque “pecho en tierra”, haciéndonos notar lo menos posible del referido don Hernaldo, entonces temido inquisidor, hoy —al paso de los años— objeto de nuestro mayor respeto y aprecio.

Próximo el fin de la Semana Santa, era costumbre que en cada balneario se eligiera una reina de verano. Después, las triunfadoras locales competían entre sí por el cetro nacional. El año que nos ocupa no fue excepción y en Huehuete se efectuó el concurso establecido. Entre las que integraban nuestro grupo, Mayté, la mayor de las dos agraciadas hermanas que recién habíamos conocido, destacaba por sus notables atributos físicos. Así que, alentados por uno de los señores mayores —de apellido Del Carmen, si la memoria no me falla—, la lanzamos de candidata, haciéndola acompañar de Douglas (Q.E.P.D.) como aspirante a rey feo. El día de la elección, que debió ser Sábado Santo, promocionamos sus candidaturas recorriendo la playa a bordo de la camioneta Land Rover de los Acevedo Salinas conducida por Hernaldo hijo (Q.E.P.D.). No triunfamos, pero estuvimos cerca. Pese la belleza de nuestra concursante, resultaba casi imposible que, siendo de Managua, ganara donde la gran mayoría de los electores eran naturales de la ciudad de Jinotepe. Logró un honroso segundo puesto.

Como todo acaba, la Semana Santa del 68 también terminó y con ella aquella estadía en Huehuete. Una de las varias allí felizmente transcurridas. Quedaron de recuerdo las 17 fotografías enseñadas a continuación.

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - "Danger", el perro mascota de la familia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Rita Acevedo Salinas, Larry Vado Mora y Patricia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Federico Michell Zavala - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - María Dolores Ocón Núñez y Mario Acevedo Salinas - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - María Dolores Ocón Núñez - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Del 7 al 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Nadine Ocón Núñez - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968 (Fotografía borrosa)

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Al frente: Nadine Ocón Núñez; al fondo: Patricia Acevedo Salinas y Mario Acevedo Salinas; más al fondo: personas desconocidas - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Del 7 al 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Patricia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Federico Michell Zavala y Larry Vado Mora - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Nadine Ocón Núñez - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968 (Fotografía parcialmente velada)

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Larry Vado Mora, Federico Michell Zavala, Douglas Guerrero Castellón (Q.E.P.D.) y Juvenal Vado Mora - Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos de la familia Acevedo Salinas

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Niña desconocida, visitante de la familia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Adelante, en la hamaca: Nadine Ocón Núñez; atrás, en la cama: María Dolores Ocón Núñez - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Nadine Ocón Núñez - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos del Barrio del Águila

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - María Dolores Ocón Núñez - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968

Amigos de la familia Acevedo Salinas

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Personas desconocidas, visitantes de la familia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968 (Fotografía parcialmente velada)

Amigos de la familia Acevedo Salinas

La estadía en la Playa de Huehuete del grupo de amigos del Barrio del Águila - Personas desconocidas, visitantes de la familia Acevedo Salinas - Casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, Playa de Huehuete, Jinotepe, Carazo, Nicaragua - Entre 7 y 14 de abril de 1968 (Fotografía parcialmente velada)

El Crucero, Managua, Nicaragua, domingo 15 de mayo de 2011.

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