LA SAGA JUVENIL DEL GRUPO DE AMIGOS DEL BARRIO DEL ÁGUILA – Segunda parte

Publicado el 17 enero 2011 por Federico Michell Zavala

IV

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila pertenecientes al estamento de "los nobles" con alguno del de "los esclavos" y un chango de los auténticos - Segunda Avenida Noroeste, Managua, Nicaragua - 23 de julio de 1966

Dos ejemplares representativos de los especímenes pertenecientes al estamento de "los changos" dentro de los integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila - Playa de Huehuete, Carazo, Nicaragua - 7 de abril de 1968

Nuestro grupo de amigos del Barrio del Águila se estructuraba, en atención al sexo, guardando las debidas distancias entre los opuestos, conforme las convenciones establecidas al respecto. Según las edades, teníamos en cambio tres bloques claramente definidos y muy peculiarmente designados: el de “los nobles”, en el que se ubicaban los mayores, constituyendo el núcleo dominante; el de “los esclavos”, cuyos integrantes seguían en edad a los primeros y participaban junto a éstos, pero sin poder de decisión, sin voz ni voto, sometidos en todo a sus designios; y, finalmente, el de “los changos”, formado por los más pequeños, quienes revoloteaban por su cuenta alrededor de los anteriores, generalmente estorbándolos e importunándolos, lo que los convertía en objeto de oportunas, bien intencionadas y constructivas correcciones consistentes en coscorrones, empellones y otros golpes aplicados con menor o mayor rigor de acuerdo a la gravedad de la falta, pero que poco efecto producían en aquellos desaplicados párvulos. A diferencia de otras agrupaciones juveniles articuladas en torno a la identidad escolar, en la nuestra poco incidía la distribución por centro educativo de sus miembros, como tampoco tuvo importancia entre nosotros el color de la piel que mostrábamos, la escala social a la que pertenecíamos, o el poco o mucho dinero que poseyera la familia de cada quien.

A medida que la adolescencia nos avanzaba, alargando los huesos, engrosando la voz y pintando los primeros esbozos de bigote y barba en los machos, mientras que en las hembras redondeaba las esbeltas líneas de sus figuras, ampliaba sus firmes caderas y estimulaba sus insipientes pechos, así nos cambiaba también nuestros hábitos sociales. De manera imperceptible empezaron a adquirir preferencia las conversaciones sesionadas entre los exponentes de ambos sexos, pobladas de exagerados gestos, altisonantes risas o disimulados roces con que los de un lado intentábamos llamar la atención de las del otro y viceversa. La prestancia física cobró una importancia inimaginable en el pasado. Para las ocasiones especiales, los hombres aprendimos a hacer uso de la colonia en dosis tales que permitía delatar nuestra presencia desde remotas distancias; algunos, además, solían echar mano de la brillantina Glostora, un amasijo gomoso que, tras aplicado, dejaba el cabello como fijado con cemento, de forma que ni el más huracanado de los vientos era capaz de mover una hebra de pelo, a la par que le daba una relumbrante apariencia muy parecida a la observada en Carlos Gardel o Rodolfo Valentino. Las mujeres, por su parte, toda vez que cumplían los quince, prescindían de los calcetines —obligatorios para ellas hasta dicha edad—, y se iniciaban, aunque con el conveniente recato, en las artes del maquillaje.

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila durante una improvisada fiesta de cumpleaños de uno de los miembros - Residencia de la familia Acevedo Salinas, Segunda Avenida Noroeste, Managua, Nicaragua - 15 de octubre de 1966

Los juegos infantiles fueron dando paso a los bailes y las fiestas. Aprendimos, o mal aprendimos, a danzar los ritmos del momento: de origen latino, el bolero, el cha-cha-chá, el merengue y la cumbia; británicos o estadounidenses: el “rocanrol”, el “tuis” y los saltos a “gogó”. En alguna que otra ocasión improvisábamos bailes caseros al amparo de crujientes tocadiscos que reproducían los sencillos a 45 rpm y los de larga duración a 33 rpm, requiriendo ocasionalmente de un pequeño empujoncito sobre el brazo portador de la aguja reproductora para despegarla del rayón que le impedía continuar su curso, a razón de tantos empujones como rayones tuviera cada disco.

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila bailando a ritmo de bolero durante una improvisada fiesta de cumpleaños de uno de los miembros - Residencia de la familia Acevedo Salinas, Segunda Avenida Noroeste, Managua, Nicaragua - 15 de octubre de 1966

Las fiestas más formales se reservaban en Managua para los eventos de mayor trascendencia, principalmente, celebraciones de cumpleaños, de efemérides tradicionales o recaudaciones con variados propósitos, animadas en muchos por casos por conjuntos musicales juveniles surgidos en Nicaragua a principios de la década que nos ocupa, tales como los Music Masters, Rockets, Bad Boys, Panzers, Ramblers, Clark, Duros y otros más. A tales fiestas se asistía mediante invitación o mediante el pago de una cuota. Si su relevancia lo exigía, los caballeritos íbamos de saco y corbata, más elegantes aún si nos dotábamos de mancuernillas, prensa corbatas y llamativos relojes de pulsera; las damitas solían lucir brillosos vestidos hasta los tobillos o con abundantes plisas almidonadas, se adornaban con prendedores, centellantes chapas y brillantes collares y, de remate, coronaban sus testas con glamorosos, abultados y elaborados peinados.

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila durante la fiesta de quince años de una de las miembros - Managua, Nicaragua - 24 de abril de 1969 (Fotografía en mal estado)

Pero las que alcanzaban la cúspide del acontecer social eran las fiestas de quince años con que las homenajeadas conmemoraban su paso a la madurez y proclamaban el derecho a ser llamadas señoritas. Las mejores se llevaban a cabo en los salones de los clubes más importantes de la capital, el Terraza y el Country Club para los estratos más adinerados, el Managua y el Internacional para los sectores medios. Las mismas se revestían de gran pompa y solemnidad, con abundante derroche de música, delicados bocadillos y finos licores, según el decir de la crónica social publicada en los periódicos de la época después de realizado el evento.

V

Comenzó también el tiempo de los noviazgos para algunos de los más lanzados o menos tímidos de nosotros. Así que, transcurrida la etapa en que el pretendiente mostraba su interés a la pretendida y ésta, a veces mediante la oficiosa intervención de una amiga común que servía de puente en el intercambio de mensajes, devolvía suficientes señales para que pudiéramos presumir su beneplácito, los galanes preparábamos cuidadosamente el parlamento con que habríamos de declarar nuestro amor y, toda vez que conseguíamos reunir el valor requerido, se lo balbuceábamos incoherentes a las causantes de nuestros desvelos. Si las señales habían sido correctamente interpretadas, no importando lo mal que nos expresáramos, las interpeladas contestaban afirmativamente con un simple “sí” o un “sí, te acepto”, pero, si nos habíamos equivocado al descifrar el lenguaje de los signos, recibíamos un largo discurso según el cual ella no tenía la edad suficiente para ser nuestra novia y generalmente concluía con un “pero podemos seguir siendo buenos amigos”. Algunas no eran tan diplomáticas y podía ser que te dijeran: “ni loca se me ocurriría ser tu novia” o, peor todavía, que se lanzara una sonora carcajada ante tu pedimento. Asumiendo que el resultado había sido el positivo, se cumplía el rito de intercambiar algunas prendas personales (un anillo, un pañuelo, un mechón de pelo) y comenzaba la el período de la comúnmente llamada “jalencia”.

Si los enamorados eran muy jóvenes, el noviazgo se mantenía oculto a los padres de la novia. Cuando la pareja sobrepasaba los quince, los novios estábamos obligados a enfrentar el terrible momento en que debíamos visitar a los progenitores de la muy amada para solicitarles su consentimiento. Si éramos de buen ver (agraciada presencia, buenos modales y procedentes de familias con recursos), los padres daban su autorización y la “jalencia” pasaba a adquirir carácter oficial; en caso contrario (feos y pobretones, lo de los modales no tenía tanta importancia o se podía disimular con un pequeño esfuerzo), éramos rechazados con cualquier escusa y entonces no nos quedaba más que pasar a los encuentros ocultos o buscarnos otra novia situada al alcance de nuestras posibilidades.

La “jalencia” autorizada de manera oficial básicamente consistía en “hacer la visita” y ésta, a su vez, en llegar a la residencia de la novia y sentarse junto a ella, de siete a nueve o diez de la noche, en la sala de la casa —una de las pocas funciones para las que servían las salas de las casas en Nicaragua— bajo la vigilante mirada casi siempre de la madre o de la abuela, quien, cualquiera que fuera, se apoltronaba en una silla mecedora fingiendo mirar hacia el receptor de televisión, pero sin despegar el rabo de los ojos de la infeliz pareja. Entonces nada estaba permitido más allá de un tomarse de las manos. Pero ocurría en ocasiones que la censora bajaba la guardia y se dormía a ratos o que, sin poder aguantar más la imperiosa necesidad de aliviar una vejiga próxima a reventar, se veía compelida a abandonar su inquisidora atalaya, a riesgo de explotar en aguas en caso de no hacerlo. Y ahí sí que ardía Roma y caía Troya bajo el fuego de los ardientes besuqueos y el empuje de las insaciables manos. Hasta que el enemigo recobraba su posición temporalmente desatendida en el infame puesto de observación, devolviendo todo a una latente y tensa calma.

Ocasionalmente, podía ser que los padres de la novia consintieran en dejarla ir al cine con el novio, pero haciéndola acompañar del inevitable “chaperón”, o “chaperona”, papel normalmente desempeñado por el hermanito o la hermanita menor de nuestra dulcinea. Llegados al local del cine, la táctica debía consistir en convencer al pequeño gnomo o la pequeña brujita para que se sentara una diez hileras adelante, lo que podía ser que se lograra sólo si comprábamos su complicidad mediante el suministro de abundantes caramelos, palomitas de maíz y bebidas gaseosas. Vencido aquel obstáculo, era cuestión de conseguirse un par de butacas en la última fila del salón —la más oscura y protegida a las ávidas miradas de los demás espectadores—, si es que no estaba ya totalmente copada por otras parejas similares. Después, apenas habíamos de esperar que se apagaran las luces para iniciar la tórrida batalla. Pero, ante todo, era imprescindible encontrar a alguien capaz de narrarnos por anticipado la trama de la cinta elegida, en previsión de que los padres de la novia preguntaran sobre la misma y descubrieran que no habíamos visto absolutamente nada de ella.

Algunos de los noviazgos de nuestros integrantes perduraron por lapsos relativamente largos, incluso culminando en matrimonio entre unos pocos del grupo, pero la mayoría eran de corta trayectoria. Otros de nosotros no nos mostraríamos muy proclives a tales manifestaciones de enamoramiento si no hasta más avanzados en años. De cualquier manera, más temprano o más tarde, entre ilusiones y sueños, entre éxitos y fracasos, fuimos despertando al amor, conociendo, sintiendo, gozando y sufriendo su vitalidad y sus fulminantes reclamos.

El Crucero, Managua, Nicaragua, lunes 17 de enero de 2011.

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