LA SAGA JUVENIL DEL GRUPO DE AMIGOS DEL BARRIO DEL ÁGUILA – Tercera parte

Publicado el 19 enero 2011 por Federico Michell Zavala

VI

Por aquellos años sesentas del pasado siglo XX, la tradición cultural tenía un procedimiento no escrito para los varones respecto a su iniciación en los misterios del sexo que la mayor parte de los integrantes masculinos del grupo de amigos del Barrio del Águila hubimos de seguir cada quien en su momento.

La ejecución del ritual se ponía en práctica con la asistencia de un maestro guía las más de las veces representado por algún compañero apenas unos años mayor, facultado para los efectos por el mero hecho de haber seguido él mismo, no mucho tiempo atrás, el correspondiente proceso. Este oficioso tutor, tras proveer al asistido con sus conocimientos y sabios consejos, se hacía cargo de llevarlo hasta una de las tantas casas de meretrices repartidas por todo Managua, donde la elegida para actuar de sacerdotisa trasladaba al asustado, sudoroso y tembloroso aspirante hasta el interior de su altar privado, en medio de las miradas maliciosas y las risas socarronas de las demás meretrices, con el propósito de llevar a feliz término la ceremonia de iniciación prevista. Superado con éxito aquel lance introductorio, entrábamos oficialmente a formar parte del mundo de los hombres viriles.

Cualquier nacional del país perteneciente al género masculino que hubiera alcanzado los quince años, cuanto más los dieciséis, sin haberse sometido al rigor de la prueba prescrita, comenzaba a ser mal visto por el resto de su compañeros, haciéndose merecedor de insinuadas sospechas, abiertas acusaciones y burlas de toda laya. En cuanto a las que formaban en las filas del género femenino, la regla, como es sabido, se aplicaba en sentido contrario, mandándolas resistir las pecaminosas tentaciones de la carne en aras de cuidar y preservar intacta la virginidad hasta la hora del matrimonio, so pena del descrédito y la inquina social en caso de incumplimiento. Tales eran los principios instituidos por el machismo en aquella época.

VII

Sintiéndonos ya definitivamente hombres, los mayores entre los varones del grupo de amigos comenzamos a fumar cigarrillos, ingerir licor y tratar de satisfacer los insaciables reclamos de nuestras adolescentes hormonas. Así empezamos a explorar y participar en la vida nocturna y bohemia de Managua. En la medida que lo permitía el limitado “semanario” proveído por nuestros padres, las noches de sábado visitábamos bares, cantinas y otros locales de muy dudosa reputación, mientras los domingos soportábamos las consecuentes “gomas” derivadas de nuestras juveniles borracheras.

Entre otros muchos establecimientos, frecuentábamos El Colmenar, bar caracterizado por sus módicos precios y la abundancia de sus “bocas”; íbamos al Club Atlántico, centro nocturno que, según su mismo nombre indicara, era propio de la colonia de raza negra proveniente de Caribe nicaragüense; visitábamos El Pez Que Fuma, donde, además de beber y comer, el cliente podía adquirir los servicios privados de su personal femenino. En los diversos salones cerveceros de la capital consumíamos ronda tras ronda de la espumosa bebida con la seguridad de que jamás nos repetirían la “boquita” que acompañaba cada nuevo pedido. Grato en particular resultaba a veces el íntimo y sereno ambiente de El Pequeño París, acogedor barcito situado en las inmediaciones de nuestros dominios, con su larga barra y sus frías cervezas degustadas bajo la mirada atenta y silenciosa de su bar tender y propietario.

Salón Cervercero Central - Intersección de la Avenida Roosevelt y la Calle Quince de Septiembre, Managua, Nicaragua - Diciembre de 1971

Edificio del Diario La Prensa - Sexta Calle Noroeste o Calle del Triunfo, Managua, Nicaragua - ad1970

Pero los bares, cantinas y centros nocturnos no lo eran todo. Ciudad provinciana adornada con ínfulas de metrópoli, nuestra Managua propiciaba actividades recreativas de diversa índole, sencillas, pero cálidamente humanas. Radioemisoras como Radio Corporación, Radio 590, Radio Unión Radio, Radio Estación X —perteneciente a los Somoza—, Radio Continental, Radio Mundial, Radio Mil, Radio Reloj, Radio Centauro —después Güegüense— y otras varias más localizadas en el dial, eran el medio más usual para escuchar música, informarnos de las noticias y dar seguimiento, entre ansias, suspensos y lágrimas, a algunas de sus radionovelas más gustadas. El Diario Novedades —de los Somoza—, distribuido en horas de la mañana, y el Diario La Prensa —de la familia Chamorro—, repartido por las tardes, eran los medios escritos de mayor tirada y circulación nacional.

Al interior de los hogares, los miembros de la familias nos sentábamos frente a un solo receptor de televisión a disfrutar en blanco y negro la programación de los canales 6 y 8 —propiedad ambos, como entonces casi todo en Nicaragua, de la dinastía Somoza—, al principio los únicos del país, que iniciaban sus transmisiones cerca de las cinco de la tarde y las concluían hacia las once de la noche. Las salas cinematográficas de más categoría proyectaban sus películas en tandas ordinarias de cinco a siete y de siete a nueve de la noche, renovando sus carteleras con estrenos los jueves de cada semana, mientras que los cines populares repasaban cintas de antigua data que rotaban de noche en noche. Hasta que no se erigió el Teatro Nacional Rubén Darío, inaugurado para fines del año de 1969, las mencionadas salas de cine servían también para la presentación de artistas y espectáculos internacionales que hacían su paso por Nicaragua.

En las tardes y por las noches, se sacaban sillas frente a las viviendas, formándose animadas tertulias en las aceras con participación de jóvenes y adultos. Animados por la refrescante brisa del lago de Managua, recorríamos a pie la Avenida Roosevelt y la Avenida Bolívar en las que se concentraba la mayor parte de la actividad comercial y recreativa de nuestra pequeña capital, deteniéndonos ante los escaparates de los almacenes o entrándonos en una céntrica sorbetería para saborear uno de sus deliciosos conos. En ocasiones organizábamos en la casa de cualquiera disputadas manos de naipes, torneos de tablero y otros diversos juegos de mesa.

Tres integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila "porteando" al atardecer - Acera frente a la residencia de la familia Acevedo Salinas, Segunda Avenida Noroeste, Managua, Nicaragua - 1966

Cuatro integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila jugando Monopolio - Residencia de la familia Baca Díaz, Segunda Avenida Noroeste, Managua, Nicaragua - 1966

Las eventos deportivos constituían otra fuente de esparcimiento. El beisbol, con su liga profesional integrada por los equipos Bóer, Cinco Estrellas, León y Oriental, atraía multitudes, incluidos nosotros, quienes, cuando no íbamos a sus encuentros en el Estadio Nacional, los seguíamos a través de las narraciones radiales. El boxeo era el segundo deporte entre los de nuestras preferencias, asistiendo los más aficionados del grupo a muchas de las veladas boxísticas que se montaban en el derruido Gimnasio Nacional, donde nos emocionábamos con las furiosas batallas protagonizadas por boxeadores como Ratón Mojica, Ray Mendoza, Toro Coronado y una joven promesa del boxeo que comenzaba a brillar, de nombre Alexis Argüello. El tercero en popularidad entre los deportes era el futbol, que en la segunda mitad de aquella década de los sesenta alcanzó un elevado nivel de competitividad. Los demás deportes tenían aficiones un poco más discretas en nuestro país.

Estadio Somoza (después nombrado Estadio Nacional Rigoberto López Pérez y, más adelante vuelto a nombrar Estadio Nacional Dénis Martínez) - Managua, Nicaragua - 1966

Llegado el tiempo de las festividades en honor a Santo Domingo de Guzmán —mezcla sincrética de francachela, folklorismo y fanatismo religioso— celebradas en Managua entre el 1º y el 10 de agosto de cada año, teníamos la oportunidad de asistir noche a noche, dada su proximidad con nuestra cuadra, a la tumultuosa feria que se instalaba en el malecón del lago de Managua —justo en el lugar después ocupado por el Teatro Nacional Rubén Darío— con su multitud de rutilantes chinamos infantiles y su música de organillo; de portentosos juegos mecánicos moviéndose, balanceándose y girando entre los estentóreos gritos de sus ocupantes; de grandes panas de vigorón o chancho con yuca; de aromáticas fritangas con queso y tajadas fritas, repochetas, enchiladas, morongas, pollo frito, chancho frito y todo lo demás; de chisporroteantes puestos de carne asada con tortilla, gallo pinto, ensaladita y su chilero de chile congo o chile cabro; de hirvientes peroles con humeante carne en vaho en su interior; de barriles con flotantes trozos de hielo helando la chicha de maíz, o la chicha de coyolito, o el cacao, o el posol con leche, o la semilla de jícaro, o tantos refrescos más; de improvisadas cantinas con bulliciosas roconolas sonando todas a la vez; de carpas para tómbolas y carpas para bingo; de mesitas de truco con barajas, con dados, con tapitas y bolitas; de mesas cuadradas con ruletas de billetes pegados con chinches y flechas ajustadas con un botón bajo la mesa para detenerla en el momento conveniente e impedir que uno ganara; de alargadas mesas con números negros y rojos para apostar, incluyendo casa grande y casa chica, y sus giratorias ruletas de pared; de oscuros “naiyclubes” con sus “shous” de “estriptiseras”; y, circulando por todas partes, centenares de vociferantes vendedoras con bateas, vendedores con carretones, buhoneros ambulantes portantes de cualquier cosa, y estafadores de dientes de oro, asaltantes con gorritas, carteristas con zapatos de tenis, chivos con lustrosos zapatos combinados, moclines, maricones, travestis y proxenetas, sin faltar las aleteantes mariposas de la noche promocionando sus encantos y ofertando sus amorosos servicios entre los miles de deslumbrados visitantes.

El Crucero, Managua, Nicaragua, 19 de enero de 2011.

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Una respuesta para LA SAGA JUVENIL DEL GRUPO DE AMIGOS DEL BARRIO DEL ÁGUILA – Tercera parte

  1. mercedes vijil dice:

    Me acuerdo del Club Managua, donde para las fiestas agostinas se celegraban las berbenas y cada día le tocaba a un país vender sus comidas, vinos, quesos, etc.

    También del Parque Central con su quiosko y sus pilas llenas de tortugas y guajipales, y en el centro la biblioteca con cuentos para niños.

    La catedral, donde para navidad se presentaban las pastorelas y en semana santa la procesión del Santo Entierro que pasaba a las doce de la noche delante de mi casa que quedaba frente al Parque Central, la procesión de La Burrita el Domingo de Ramos, etc.

    La iglesia de San Sebastián con sus procesiones de la Virgen de Lourdes, con carrozas llenas de luces, niños vestidos de ángeles y de Virgen María.

    El parque Frixione era para patinar y el Parque Rubén Darío para andar en bicliceta. El Parque Central para sentarse, ir a leer cuentos o ir a ver las tortugas… o gritar en el quiosco y oir el eco.

    La Escuela de Bellas Artes, frente al Parque Central, que siempre estaba llena de pintores y artistas.

    El Palacio de Comunicaciones con sus grandes corredores y el piso de terrazo verde, abierto hasta las 9 de la noche, bien iluminado.

    El Palacio Nacional, en donde la gente llegaba a hacer sus gestiones, pagos de impuestos, etc, y la Plaza que se mantenía llena de vehículos parqueados, todos bien ordenados para que pudieran salir sin chocar al otro.

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