LA SAGA JUVENIL DEL GRUPO DE AMIGOS DEL BARRIO DEL ÁGUILA – Primera parte

Publicado el 15 enero 2011 por Federico Michell Zavala

I

Hace más de cuarenta años, en el transcurso de la década de los sesenta e inicios de los setenta del pasado siglo XX, alrededor de una estrecha vecindad de la ciudad de Managua —capital de Nicaragua— anterior al terremoto de 1972, el devenir fue reuniendo a un nutrido grupo de jóvenes que a lo largo de una decena de años compartimos las vivencias de la niñez y la adolescencia al crisol de una estrecha, inolvidable y perseverante amistad.

Algunos integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila al regresar de una de sus excursiones campestres - Segunda avenida noroeste, Managua, Nicaragua - 1966

Incluidos todos, llegamos a sumar unos sesenta muchachos y muchachas. Para 1965, en que el grupo se encontraba definitivamente configurado, los que integrábamos su núcleo tendríamos entre doce y quince años de edad, alguno, excepcionalmente mayor, rondaría los veinte, así como, entre los menores, habían los que no sobrepasaban los cinco años. Los del sexo masculino superábamos en número a las que pertenecían al femenino. La mayoría perduramos unidos a lo largo de todo el período, otros, los menos, estuvieron dentro del grupo nada más que alguna temporada, alejándose después por influjo de diversas circunstancias.

Muchos no éramos en realidad originarios de Managua —antaño pequeña villa que fue designada capital en busca de superar con ello las rivalidades prevalecientes entre Granada y León, las dos urbes más importantes del país en el siglo XIX—, sino que proveníamos de otros centros urbanos como Chinandega, la dicha León, la dicha Granada, San Rafael del Sur o Puerto Cabezas —hoy Bilwi—, entre otros, incluso habiendo unos llegados auto exilados desde Cuba, quienes, tras residir un tiempo en Nicaragua, se marcharon con rumbo a la ciudad de Miami, en los Estados Unidos de América.

Vista aérea del centro urbano de la ciudad de Managua anterior al terremoto de 1972 - Managua, Nicaragua - 1970

Con contadas excepciones, pertenecíamos a familias de la pequeña burguesía urbana o de la llamada clase media. Nuestros padres eran empleados asalariados o dueños de pequeños negocios y haciendas. Habitábamos en casas arrendadas. Estudiábamos en centros de educación privados regentados por órdenes religiosas, separados según los sexos, a la usanza de la época. La mayor parte de los hombres íbamos al Colegio Calasanz y el Instituto Pedagógico La Salle de la misma Managua, mientras, unos menos, asistían internos al Colegio Centro América, por ese tiempo en la ciudad de Granada, viajando semanalmente; las mujeres, por su parte, se repartían entre los colegios La Asunción, Teresiano, La Pureza de María y Francés del Sagrado Corazón de la dicha capital.

Casi en su totalidad, fuimos, en mayor o menor medida, opositores a la dictadura somocista imperante en Nicaragua hasta el año de 1979, siendo varios los que, desde finales de los años sesenta, nos incorporamos y participamos de distintas maneras en la lucha por su derrocamiento y, posteriormente, en el proceso revolucionario impulsado durante los años ochenta.

II

Aunque no todos habitábamos en ella, los miembros del grupo constituimos nuestro centro de gravedad a lo largo de la cuadra que fuera la última en su extremo norte de la enumerada como la Segunda Avenida Noroeste de la referida Managua, misma que se prolongaba desde el pequeño parque situado frente a la basílica de San Antonio, en cuyo centro se alzaba la estatua del Maestro Gabriel, hasta topar con la rivera del lago de Managua.

Vista aérea del centro urbano de la ciudad de Managua anterior al terremoto de 1972 en que se aprecia parte de la rivera del lago de Managua, la vía ferroviaria, la última calle de la Segunda Avenida Noroeste, la Casa del Águila, el Parque Frixione, el Hotel Lido Palace y el Palacio del Ayuntamiento, entre otros - Managua, Nicaragua - 1970

Los límites de nuestro ámbito territorial se extendían, al Norte (o al lago), cruzando la vía férrea del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, por las contiguas costas del anotado lago, más allá de las cuales seguían sus oscuras aguas, barrera casi infranqueable —por su contaminación— aún para el conjunto de audaces que entonces éramos; hacia el Sur (o la montaña), no iban más lejos de la Sexta Calle Noroeste o Calle del Triunfo; por el Este (o arriba), incorporaban todo el Parque Frixione y la acera del Hotel Lido Palace, hasta el estacionamiento y la vuelta frente al Palacio del Ayuntamiento; en dirección Oeste (o abajo), avanzarían, cuanto más, una cuadra sobre la Séptima Calle Noroeste que partía de costado del Parque Darío rumbo al poniente.

Como al centro de tales lares se erigía la Casa del Águila —edificio de apartamentos de tres plantas propiedad del doctor Idelfonso Palma Martínez—, cuyo costado oeste diera a la cuadra eje de nuestros dominios, sabrá quien en qué momento, dispusimos designar el entorno espacial sobre el que construíamos nuestra común convivencia, con el nombre de Barrio del Águila, identificación válida tan sólo para los que habíamos convenido en ella, jamás registrada en la tradicional nomenclatura urbana de la vieja Managua.

La Casa del Águila y la esquina suroeste del Parque Frixione antes del terremoto de 1972 - Séptima Calle Noroeste, Managua Nicaragua - cd1970

III

Desde aquel inventado barrio de contadas cuadras proyectábamos nuestro actuar juvenil. En los días de semana del período escolar —las clases iniciaban en mayo y concluyan en febrero del siguiente año, con vacaciones intermedias de quince días en el curso de los meses de septiembre y diciembre—, prevalecían las pláticas nocturnas arrimados a los muritos esquineros de la indicada Casa del Águila, o sentados en las gradas de la puerta también esquinera de la “Casa de Oro”, humilde vivienda de taquezal que burlonamente llamábamos de tal manera por estar pintada de color amarillo, o en las bancas del Parque Frixione. A la luz del amarillento alumbrado público, se daban además los juegos en plena calle: el escondite, las estatuas, pan caliente, las películas, las prendas, macho parado, omblígate, pegue corrido y pegue sentado, uno-dos-tres… queso!, vos la andás, etc., etc., etc. De cuando en cuando, eran también las incursiones a las salas de cine populares, modestas y de bajo precio —un córdoba en luneta, a cielo abierto—, como El Tropical, El América, El Bóer, El Principal o El Triunfo, en especial, cuando proyectaban películas “prohibidas para menores”.

Momento a inicios de la década de los sesenta del pasado siglo XX en que el público hacía su salida de una función de matinée en el Teatro Margot - Cuarta Calle Noreste, Managua, Nicaragua - cd1960

En fines de semana, resultaba casi obligatorio asistir los domingos a las funciones de matinée en cualquiera de las tres salas cinematográficas de mayor categoría que existían en la capital: el Teatro González, el Teatro Margot y el Teatro Salazar, este último rebautizado después con el nombre de Alcázar.

Ciertas actividades lúdicas se desarrollaban en apego a un estricto plan anual misteriosamente regulado. Había un invisible y omnipresente rector de juegos que disponía, según riguroso calendario, el tiempo de calzar millones de veces sin fallar la pulida esfera atada a la copa de un bolero; de trazar círculos en la tierra y lanzar coloridas canicas de cristal dentro de ellos; de enroscar manilas y bailar trompos de madera de guayacán en los pisos y las palmas de las manos para después golpear con los mismos otros inermes en el piso; de rodar raudos en patines de metal, hasta que un ladrillo fuera de sitio nos lanzara contra la acera con las consiguientes raspaduras de codos y rodillas, como de uno que otro diente roto; de disparar con huleras contra cualquier indefenso animal que se moviera o contra cualquier desprevenido mortal, cuando se trataba de grapas de papel impulsadas por banditas de hule; de elevar cósmicas palometas y enviar telegramas al celeste infinito. En todo esto, sucedía que así como el desconocido regidor ordenaba sin razón aparente iniciar la temporada de un determinado juego, de igual forma, sin previo aviso, mandaba pararlo, sólo para dar pase al siguiente, sin que nadie pudiera predecir el orden de su continuidad, ni el tiempo que habrían de durar en cada caso.

Otros juegos dependían de patrocinadores más prosaicos. Tal era el caso de los yo-yos de la transnacional Coca Cola —por cierto, de insuperable calidad—, para obtener los cuales habíamos de comprar y tragar incontables litros de la “chispa de la vida” —aunque en verdad lo fuera de la muerte—, a fin de poder raspar el corcho de las tapas de sus botellas, descubrir si traían la marca de “premiada” y conservarlas hasta juntar un número suficiente, con las que, agregadas a cierta cantidad de dinero contante y sonante, podíamos finalmente ser dueños del ansiado y redondo subibaja. Similar cosa ocurría con los álbumes de figuritas —las de jugadores profesionales de beisbol eran las más preciadas—, en que, para coleccionarlas, teníamos que masticar toneladas de los chicles o caramelos que venían con las estampitas. Uno fácilmente podía morir de indigestión antes de haber llenado el extenso álbum. También comercialmente promocionados eran los coloridos aros para girar durante horas en la cintura, de mayor atracción entre las féminas, con el beneficioso resultado de moldear sus estrechas cinturas.

Cansados de jugar, nos ocupábamos en inocentes travesuras. La más simples: golpear las puertas o tocar los timbres de las casas para enseguida correr a escondernos a la vuelta de la esquina y disfrutar la cara de disgusto cuando el propietario abría sin encontrar a nadie; lanzar piedras contra las frutas de los árboles del cercano Parque Frixione, generando la rabia y consiguiente persecución del “parquero” a cargo de su cuido; espiar e importunar a las parejas que, a la luz de la luna, se expresaban sus sentimientos —y sus deseos— en las nocturnas bancas del mismo parque. También podía ocurrir que, cuando por cualquier motivo algún adulto vecino se volvía en nuestra contra, haciéndose, en consecuencia, merecedor de nuestras antipatías, éste recibiera su merecido castigo, por ejemplo, embadurnándole con excremento de perro o de gato la asidera de la entrada a su residencia en preparación de los desagradables efectos que habría de sufrir la víctima cuando tuviera que agarrarla para abrir en la oscuridad de la noche.

Llegadas las vacaciones escolares, nuestros campos de actividad se expandían significativamente. Entonces sobraba tiempo para practicar “hambol” con bola de tenis o de trapo, beisbol con bola de cuero, guantes y bates, ya fuera a la bola pasada o a la bola recia, volibol con fingida red representada por una cuerda de mecate. Planeadas con la debida antelación, los varones emprendíamos excursiones de tres días a la Hacienda Las Delicias —o, Las Delicitas— perteneciente al abuelo de uno de los nuestros, localizada en las inmediaciones del entonces Aeropuerto Internacional Las Mercedes —ahora Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino—, sobre la Carretera Panamericana Norte. Íbamos también a la que fuera propiedad del padre de otro de los del grupo, situada en el municipio de Nagarote, a orillas del lago de Managua y a la sombra del imponente volcán Momotombo, hasta la cual nos trasladábamos en tren, a bordo de los últimos vagones de carga comúnmente llamados “góndolas”.

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila durmiendo en tienda de campaña durante una de sus excursiones campestres - Hacienda Las Delicias, Carretera Panamericana Norte, Managua, Nicaragua - 28 de diciembre de 1965

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila chapotendo en un ojo de agua durante una de sus excusiones campestres - Hacienda Las Delicias, Carretera Panamericana Norte, Managua, Nicaragua - 28 de diciembre de 1965

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila montados en briosos corceles durante una de sus excursiones campestres - Hacienda de la familia Guerrero Castellón, municipio de Nagarote o de La Paz Centro, León, Nicaragua - Abril de 1966

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila en espera del tren para regresar a Managua durante una de sus excusiones campestres - Estación ferroviaria próxima a la Hacienda de la familia Guerrero Castellón, municipio de Nagarote o de La Paz Centro, León, Nicaragua - 28 de diciembre de 1966

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila en el interior de su lujosa cabaña veraniega durante una de sus estancias en el mar - Playa de El Tránsito, León, Nicaragua - 11 de marzo de 1967

Particularmente memorables eran las soleadas estancias en el mar, sobre todo para el tiempo de la Semana Santa, cuando nuestras permanencias se prolongaban por una semana e incluso dos. Las más de las veces íbamos a la playa de Huehuete —frente al océano Pacífico, en el departamento de Carazo—, donde disponíamos de la sencilla casa veraniega de la familia Acevedo Salinas, gracias al espíritu de maternal camaradería y complicidad que brilló siempre en doña Julia Salinas —para nuestro profundo dolor y pena, no hace mucho fallecida— y la tolerancia un poco menos manifiesta de don Hernaldo Acevedo, su esposo. Doña Julia no tenía ningún reparo en hacerse acompañar durante sus viajes al mar, a la par de con sus hijos, integrantes de nuestro grupo, de un numeroso y bullicioso tropel de chavalos y chavalas a los que nos animaba, atendía y cuidaba como si le fuésemos propios. En otras temporadas, la brújula veraniega de una parte de nosotros señaló hacia las playa de El Tránsito —ante el mismo océano, pero en el departamento de León—, que apenas despuntaba en su condición de balneario y donde la familia Baca Díaz, cuyos miembros formaban así mismo parte del grupo, contaba con una amplia enramada, aunque nosotros nos instaláramos aparte, en un rústico bajareque de horcones y tejas de barro levantado en el extremo opuesto de sus costas.

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila bañándose en la poza La Dorothy durante una de sus estancias en el mar - Playa de Huehuete, Carazo, Nicaragua - 25 de febrero de 1968

Integrantes del grupo de amigos del Barrio del Águila durante una de sus estancias en el mar - Playa de Huehuete, Carazo, Nicaragua - 11 de febrero de 1969

El Crucero, Managua, Nicaragua, sábado 15 de enero de 2011.

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6 respuestas para LA SAGA JUVENIL DEL GRUPO DE AMIGOS DEL BARRIO DEL ÁGUILA – Primera parte

  1. Esta muy bueno y melancólico. Un detalle, la propiedad Guerrero-Castellón estaba ubicada en el Municipio de Nagarote

  2. Larry Vado dice:

    Un gran esfuerzo de tu parte y una puerta al pasado.te felicito y seguiremos leyendo día a día.

  3. MartaJulia Acevedo Salinas dice:

    Estoy impresionada, tantos recuerdos compilados, excelente trabajo Federico digno de los muchachos del barrio, te enviare unas cuantas para que vayamos enriqueciendo el libro. Una beso y un abrazo a todos

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