Obras maestras del humor en la literatura nicaragüense PARODIAS DE POEMAS DE RUBÉN DARÍO HECHAS POR GE ERRE ENE

Publicado el 3 junio 2011 por Federico Michell Zavala

Gonzalo Rivas Novoa - Fotografía tomada de 123people.es

Gonzalo Rivas Novoa - Fotografía encontrada en 123people.es

Gonzalo Rivas Novoa, también identificado por su seudónimo de “Ge Erre Ene”, literato —periodista, humorista, narrador, lírico y dramaturgo— nicaragüense, nacido en Chinandega (o en Masaya, según algunos), Nicaragua, el año de 1906, muerto en San Salvador, El Salvador (o en México, de acuerdo a lo anotado por otros), el año de 1958. Poco conocido más allá de los países centroamericanos, trascendió en Nicaragua por su ingenio humorístico, burlón, sarcástico y mordaz, en especial por las parodias de poemas de Rubén Darío —y aún de otros poetas—, reunidas en su libro “Morado”. Destacó en lo político por su oposición al régimen de general Anastasio Somoza García, primero en turno de la dictadura dinástica somocista.

Las escasas obras impresas que el escritor lograra publicar en vida están hace tiempo agotadas. Todo lo demás de su producción permanece inédito, perdido entre las hojas de viejos periódicos y revistas de Nicaragua y resto de Centroamérica. Hubieron de pasar 40 años desde su muerte para que, venido de Alemania, Günther Schmigalle (1946) se interesara en estudiar más a fondo el genio de Gonzalo Rivas Novoa, dando a conocer los resultados de su investigación en “Dichoso el Asno que es Apenas Compresivo. Ge Erre Ene y sus Parodias de Rubén Darío”, publicado el año de 1998.

“Ge Erre Ene” fue sencillo y llano hombre de pueblo. A expensas de su labor de periodista, deambularía por las calles de la provinciana Managua del segundo cuarto del pasado siglo XX, alimentándose de la veta popular del humor vital propio de la gente común. Oiría los burlescos apodos con que los managuas se rebautizaban sin pilas ni ritos, los sonoros y rítmicos pregones de buhoneros y mercaderes, los chismes comunicados de puerta en puerta entre las vecinas, los chistes vulgares contados por los borrachos en las cantinas, los insultos a voz en cuello de los pleitos callejeros. Todo aquello que por el camino recogía, lo ponía en el caldero de su máquina de escribir para devolverlo después a su legitimo autor —el pueblo— cocinado al calor de su métrica y su rima.

Nicaragüense y hombre de letras, Rivas Novoa inevitablemente leyó, recitó, gozó y admiró la prosa y el verso ampliamente difundido del inmortal Darío. Por lo mismo, seguro se cansó de la repetición hasta el hartazgo de lo más portátil de la poesía dariana, buenos poemas desvirtuados a fuerza de escucharlos miles de veces en las voces engoladas de pomposos caballeros, con la entonación de falsete de señoritas pudorosas o a caballo de las palabras ametralladas sin respiro por rubicundos niñitos de escuela. De igual manera, habrá sentido con indignación la manipulación degradante, deshumanizante, del poeta, encadenado a la fatuidad de las estatuas y reducido a solemnes celebraciones de aniversarios, de fiestas patrias, de días de la raza…

Así que, aunque desde aceras diferentes, como el Movimiento de Vanguardia surgido en Granada, Nicaragua, a finales de los veinte del pasado siglo —formado por José Coronel Urtecho, Luis Alberto Cabrales, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, Joaquín Zavala Urtecho y otros cuantos más—, “Ge Erre Ene” aportaría también su pluma para liberar del granito, los formalismos y la comercialización la desformada imagen de Darío, empleando para ello —aunque parezca un contrasentido— la parodia irreverente de sus más difundidos poemas. Redimido de los mármoles por el atrevido humorista, Rubén baja, se despoja de la túnica en que lo envolvieron y vuelve a regodearse con el vulgo en los atrios de León, otra vez se pasea fresco por el malecón del lago de Managua, come un vigorón en la estación del ferrocarril, lanza versos maliciosos a la sonrojada muchacha que pasa por la esquina y hasta se toma un rebosante trago en la cantina. Uno ya puede aproximársele sin temor, palmearle por la espalda y —por qué no— hasta bromear con él.

Ya en el propio prólogo de “Morado”, previendo las críticas que vendrían, Gonzalo Rivas Novoa, más que defenderse, contraatacaría burlesco:

Me decía ha poco cierto amigo mío,
que todas las cosas sagradas respeta,
que, haciendo chacota de Rubén Darío,
estaba choteando las glorias del “pueta”.

Pero—le respondo—quién hay que demarque
cuál es la frontera de la devoción,
si Rubén Darío se exhibe en un parque
con cuatro mujeres y… en camisón?

Y en León, no lo tienen en un cenotafio,
que, más que una tumba, parece un desplante;
donde en interlíneas se lee este epitafio:
“Aunque no esté muerto, que no se levante”?

Y llegado al final del referido prólogo, “Ge Erre Ene” habría de acabar diciendo:

Y si aquí parodias de Rubén Darío
(y de otros autores, según verás tú)
es que de los puetas, yo mismo me río
porque aquí, POETA, se escribe con “U”.

Riéndonos con él, disfrutemos un poco de las parodias recreadas por el irredento humorista en seguida transcritas.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?” ¿Quién, en días de soporíficas veladas escolares, no declamó o escuchó declamar hasta la saciedad la “Sonatina” —incluida dentro de “Prosas Profanas y Otros Poemas” (1896)—, del más universal de los bardos nicaragüenses? Pues, según ya se dijo, Rivas Novoa de seguro que también. Pero en él la sonata “suena y trina” al vaivén de la muy prosaica Ciriaca, mecida sobre una hamaca y, para su gastronómica dicha, bien atendida con frijoles y chuleta —aunque, por rigores de métrica y rima, no alcanzara el poeta a aclararnos si de cerdo, de pescado o de res— como tratamiento para curar su angustioso padecer, según a continuación se lee.

Suena y Trina

La Ciriaca está triste. Qué tendrá la Ciriaca?
hace días que sueña que le mueven la hamaca,
que le sueltan la trenza, que la ahoga el calor.
La Ciriaca está loca, con el canto del loro.
Por el ojo derecho sale lánguido el lloro
y, de estarla asistiendo, se desmaya el doctor.

Brinca su mente en torno de sus cuatro reales.
La enfermera, por gusto, da tres saltos mortales,
y, canillas arriba, se le mira el fustán.

La Ciriaca no ríe, la Ciriaca no miente;
la Ciriaca, sonríe nada más de repente,
cuando piensa en los chistes que ha leído en Leoplán.

Piensa acaso en la tía de la que es heredera,
o en aquella sobrina, por demás majadera,
que le hacía el cachete con su primo Ramón,
o en aquellas muchachas de corsés elegantes,
o en las que andan usando porta-bustos flamantes
o en las enamoradas de un “chofer de aviación”.

Ay, la pobre Ciriaca de los dientes parejos,
Víctima es de los niños; víctima es de los viejos,
de las indigestiones que produce un tamal.
Quiere hartarse papaya, sin subir al papayo,
ahorcar a aquel tipo, más maldito que un rayo
y coger veinte pobres y obsequiarles un real.
Ya no quiere a aquel novio que le daba la lata
ni los grandes catarros que le atacan la ñata
ni las cien medicinas que le enviaron del sur.
Y un sudor más que helado se le pone en la frente
y su hermoso semblante se le ve diferente
y lo que el doctor dice, cree que es un calambur.

Pobrecita muchacha de los muchos tayules.
Le andan revoloteando cuatrocientos pijules
que son los turilangas de Altamirano Brown.
unos tipos pesados, de los centros sociales,
que le están cortejando por sus cuatro reales,
y que quedan al aire, si se va ella al panteón.
¡Quien hubiera creído encontrarla así, escuálida!
(la Ciriaca esta triste; la Ciriaca está pálida)
se le juntan dos meses, el de marzo y abril.
Oh, quien fuera canario, pa comer solo alpiste,
(la Ciriaca esta pálida, la Ciriaca está triste).
Más enferma que muchas; más fregada que mil…
Por favor, no te quejes, dice el hada alcahueta
que ahí te traen tus frijoles y te traen tu chuleta
que es lo que ha recetado como dieta el doctor
el doctor tan galante, que no quiere cobrarte,
que según apariencias, sólo quiere cazarte
para hacerse de reales y sentirse señor.

Los males del mundo ante los que Rubén Darío proclamara con apocalíptica fe su solemne “Canto de Esperanza” —integrado entre los “Cantos de Vida y Esperanza, los Cisnes y Otros Poemas” (1905)—, en “Ge Erre Ene”, tal se verá, están representados por sus sofocantes insuficiencias monetarias y las achacosas consecuencias que de ellas se le derivan, para resolver las cuales reclama con igualado y confianzudo talante la “beneficencia divina”, llegando hasta el descaro de pretender al “Altísimo” para que le sirva de fiador… ¡Vaya atrevido abusador!

Canción de Desesperanza

Un enjambre de granos mancha mi anatomía.
Me rasco todo el cuerpo con tesón noche y día.
Me persiguen los cobros, para desgracia mía.

Te has despertado acaso, Dios de los cobradores?
Te has puesto a la vanguardia de tétricos señores
que me hacen correr tanto, que agotan mis sudores?

Las calles están llenas de tábanos inmundos
que a todos los deudores nos tienen casi dundos
y que inspiran deseos de huir para otros mundos.

Verdugos insolentes que afligen nuestra tierra,
que hacen que nuestra vida sea una vida perra
y que sin previo aviso, nos declaran la guerra.

Oh, señor Jesucristo, puedes decirme qué hubo?
Si tu quieres, tu bajas; si tu quieres yo subo,
a traer doscientos pesos, elevados al cubo.

Ven y arregla estas cuentas, que me tienen ya frito,
Me están asesinando, por el simple delito
de deber a unos mucho y a otros poquito.
Ven Jesús, a servirme de fiador de estos picos,
Arregla estos asuntos de pobres y de ricos,
cállales a estas gentes sus terribles hocicos.

Y en tu caballo blanco que soñó Cabo Hilario
llégate a todos ellos, a cortarle el ovario
y la plata que tengan, a meterla en mi armario.

Las dudas, vacilaciones y temores ante la vida y la muerte, toda la angustia existencial volcada por Darío en “Lo Fatal” —de ultimo en “Cantos de Vida y Esperanza, los Cisnes y Otros Poemas” (1905)—, por cuenta de Rivas Novoa se transforman en las lamentaciones sin propósito de enmienda del pícaro y desmañado ladrón cuando se ve enfrentado a las penurias de la cárcel, como se desprende de las estrofas siguientes.

El Caracol

Dichoso el asno que es apenas comprensivo
y más la cerradura, que nos dice “Detente”
pues no hay cosa más fea, que pasarse de “vivo”
ni pecado más grande que robarle a la gente.

Se hace la travesura, se pierde un gallo muerto.
Lo dejamos traspuesto; lo descubre el olor,
y el horror que da luego, cuando llega un experto
y sufrir bartolina, bien recluido en el Hor

miguero, recordando lo que ayer nos hurtamos
y también recordando por qué fue que venimos,
y cuando nos preguntan, cómo es que nos llamamos,
y ahí, nos alegramos?
o ahí, nos afligimos?

La décima con que Darío rindió homenaje al poeta realista español Ramón de Campoamor —en “El canto errante” (1907)—, Gonzalo Rivas Novoa se la apropia para retratar, a su manera, al pobre de su coetáneo, don Arturo Somoza Medina, conocido personaje de aquella época. ¡Desmarañado retrato que nadie de sí quisiera! Véase sino…

A Somoza Medina

Este, del cerebro chato
como los pies de Patiño
junto el botón del corpiño
con el cordón del zapato.
Cuando se mira el retrato
del caballero en cuestión,
da tan terrible impresión,
que al solo acordarse de él,
se echa a perder un papel
o se arruina un pantalón.

La dulce princesita del cuento de fantasía que Rubén Darío dedicara “A Margarita Debayle” —durante el “<<Intermezzo>> Tropical” del poeta—, para nuestro parodiador no es otra más que la malcriada Cupertina, que no persigue estrellas ni se interesa en adornar prendedores, sino que, henchida de afán materialista, es atraída por objetos más terrestres y rodantes, según se habrá de comprobar en seguida, con Henry Ford, jelepates y muchas más cosas todavía.

Cupertina

Ahora que no hace viento,
Cupertina, te voy a contar
un cuento.

Era este un Rey que tenía
por docenas las amantes
una hermosa pulpería
con una y dos estantes
una linda mandolina
y un reló de hacer “cu-cú”
y una muchacha monina,
tan malcriada, Cupertina,
tan malcriada como tú.

La muchacha cierto día,
vio un fotingo aparecer,
y juró que lo tendría
con todito y su chofer.
No sabía la muy dunda,
que era igual que los demás:
con primera, con segunda,
con tercera y paratás…

Montó, pues si bicicleta
con calzones de montar
y con aires de coqueta
su fotingo fue a buscar.

Las muchachas majaderas
se parecen mucho a ti;
compran breaches, compran cueras
compran autos… son así…

Caminó más de dos horas
por todita la ciudá
como no andan las señoras:
sin permiso del papá.

Cuando dio vuelta a la esquina
con su carro ya, al llegar
el olor a gasolina
se encargó de delatar.

Y el rey dice: dónde estabas?
Te he buscado hasta por tren
y qué tienes en las tabas
que ensuciadas se te ven?

La chica era descarada
y explicó sin vacilar:
“Fui por esta carambada
que me hacía delirar”.
-No te he dicho que lo ajeno
no lo debes de tocar?
Acelera; quita el freno;
vuelve el chunche a su lugar.

Y en oyendo cosas tales,
dice ardida la mujer:
“En mis cosas personales
no te debes de meter”.

Y el Rey dice ya caliente:
“Treinta días de cárcel.
Ese carro es de un Teniente,
de un Mayor o un Coronel”.

La muchacha se estremece
y se llena de furor,
cuando en eso, se aparece
muy sonriente Henry Ford.

Y le dice: No es robado
lo ha comprado en mi almacén.
El modelo es indicado
para toda chica bien.

Coge el Rey sus maritates
y luego hace fusilar
cuatrocientos jelepates
a la orilla de un palmar.
Porque tiene un Ford de Luxe
con motor que no calienta;
con sirena que hace “Pux”.

Vistes, pues, en qué momento,
Cupertina, te pude contar
un cuento?.

Para terminar este escrito, una anécdota de “Ge Erre Ene” que me contara quien, sin proponérselo, fuera ejemplo de dignidad, rectitud y valentía, a la vez que entrañable amigo, don Octavio Caldera Noguera, hace algunos años fallecido. Narraba don Octavio que reunidos en un bar de la Managua de antaño, se encontraba celebrando el dictador Anastasio Somoza García con un grupo de sus más aduladores y rastreros seguidores. Váyase a saber por qué desconocida circunstancia, hallábase entre ellos Gonzalo Rivas Novoa, reconocido opositor al régimen de aquel primer Somoza. En un momento dado, Rivas Novoa, puesto de pie y extendiendo los brazos como para mejor abarcar al conjunto de participantes, con voz altisonante, gritó: “¡Serviles!” Cayó la interjección como filoso cuchillo y un silencio glacial se esparció por el amplio salón. Perplejos, los supuestos aludidos palidecieron enmudecidos y hasta al propio dictador, desencajado por la sorpresa, se quedó sin habla. Transcurridos unos segundos tan largos como siglos, “Ge Erre Ene”, dirigiendo impávido la mirada hacia uno de los meseros que atendían al grupo, volvió a hablar, diciendo: “¡Serviles a todos otro trago… que la próxima ronda yo soy el que invito!”

El Crucero, Managua, Nicaragua, viernes 3 de junio de 2011.

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