Obras maestras del humor en la literatura nicaragüense TRES POEMAS JUVENILES DE RUBÉN DARÍO

Publicado el 30 mayo 2011 por Federico Michell Zavala

Rubén Darío hacia 1888, en Chile

Rubén Darío hacia 1888, en Chile - Fotografía tomada de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento), literato —lírico, narrador y periodista— y diplomático nicaragüense, nacido en Metapa (antes Chocoyos y, actualmente, Ciudad Darío, en homenaje al poeta), Matagalpa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867, muerto en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916, llamado “Príncipe de las Letras Castellanas”, tenido entre las más descollantes figuras de la literatura en lengua española, fundador y brillante exponente del modernismo literario, uno de los grandes renovadores del lenguaje poético hispanoamericano.

Precoz, Darío escribió versos desde la infancia, de ahí la designación de “Poeta Niño” entonces recibida. Trasladado en temprana adolescencia de León de Nicaragua a Managua, la capital, continuó produciendo poesía a borbollones, acumulando acervos en crecimiento, camino hacia el encuentro con su yo poético pleno. Al fragor del prestigio alcanzado en su tierra natal, donde cualquier evento o suceso era excusa para esgrimir la rima, muchas veces por insistente encargo o adquirido compromiso, el joven poeta versificaría por aquellos años sobre toda cosa: el amor, la vida, el dolor, la muerte, la literatura, la política, la religión… Entre tanto tema brotaría también el humor, a veces simple broma, irónico otras veces, de cuando en cuando hasta crítico y mordaz. Después, serían los viajes, las publicaciones, la madurez literaria, la merecida fama, y, al final, la pronta muerte, con tan sólo 49 años de edad.

Los tres poemas a continuación transcritos corresponden a aquel referido período inicial. Muestras juveniles de su ascendente genio. Versos frescos, jocosos y traviesos.

Escrita hacia el año de 1884, cuando Rubén Darío andaría los 17 de edad, una curiosa paráfrasis en castellano —quizás como mero ejercicio literario— de la fábula “Le Fromage” (El Queso) del francés Antoine Houdart de La Motte (1672-1731) que el joven poeta titularía:

Un Pleito

(Le Fromage, de La Motte)

I

Diz que dos gatos de Angora
en un mesón se metieron
del cual sustraer pudieron
un rico queso de bola.

Como equitativamente
no lo pudieron partir,
acordaron recurrir
a un mono muy competente;

mono de mucha conciencia
y que gran fama tenía,
porque el animal sabía
toda la Jurisprudencia.

—Aquí tenéis —dijo el gato
cuando ante el mono se vió—
lo que este compadre y yo
hemos robado hace rato;

y pues de los dos ladrones
es el robo, parte el queso
en mitades de igual peso
e idénticas proporciones—.

Aquel mono inteligente
observa el queso de bola,
mientras menea la cola
muy filosóficamente.

—Recurrís a mi experiencia
y el favor debo pagaros,
amigos, con demostraros
que soy mono de conciencia;

voy a dividir el queso,
y, por hacerlo mejor,
rectificaré el error,
si hubiere, con este peso.—

Por no suscitar agravios,
saca el mono una balanza
mientras con dulce esperanza
se lame un gato los labios.

—Haz, buen mono, lo que quieras
—dice el otro con acento
muy grave, tomando asiento
sobre sus patas traseras.

II

Valiéndose de un cuchillo,
la bola el mono partió,
y en seguida colocó
un trozo en cada platillo;

pero no estuvo acertado
al hacer las particiones,
y tras dos oscilaciones
se inclinó el peso hacia un lado.

Para conseguir mejor
la proporción que buscaba
en los trozos que pesaba,
le dió un mordisco al mayor;

pero como fué el bocado
mayor que la diferencia
que había, en la otra experiencia
se vió el mismo resultado,

y así, queriendo encontrar
la equidad que apetecía,
los dos trozos se comía
sin poderlos nivelar.

No se pudo contener
el gato, y prorrumpió así:
—Yo no traje el queso aquí
para vértelo comer.—

Dice el otro con furor,
mientras la cola menea:
—Dáme una parte, ya sea
la mayor o la menor;

que estoy furioso, y arguyo,
según lo que va pasando
que, por lo nuestro mirando,
estás haciendo lo tuyo.—

III

El juez habla de este modo
a los pobres litigantes:
—Hijos, la Justicia es antes
que nosotros y que todo.

Y otra vez vuelve a pesar
y otra vez vuelve a morder;
los gatos a padecer
y la balanza a oscilar.

Y el mono, muy satisfecho
de su honrada profesión,
muestra su disposición
para ejercer el Derecho.

Y cuando del queso aquél
quedan tan pocos pedazos
que apenas mueven los brazos
de la balanza en el fiel,

el mono se guarda el queso
y a los gatos les responde:
—Esto, a mí me corresponde
por los gastos del proceso.

(¿1884?)

Darío, por entonces también dedicado al periodismo local, se valdría de los carroñeros zopilotes —tiempo ha ensombredores de los cielos de Nicaragua, hoy casi especie en extinción— para denunciar en verso la indolencia de las autoridades encargadas del aseo publico en la Managua de mediados los 80 del siglo XIX.

Los Zopilotes

Vinieron Sopes
de Guatemala,
de Costa-Rica
y El Salvador;
y a un Zopilote
de Nicaragua
le preguntaron:
—<<Hola, señor,

¿qué tal de vida?
Venimos flacos;
en nuestra tierra
no hay qué comer:
no hay perro muertos,
no hay inmundicias,
y hay polizontes,
¡qué se ha de hacer!>>

Y el Zopilote
de Nicaragua,
a sus compinches
les contestó:
—<<¡Quédense, amigos,
en este suelo
que otro más bueno
nunca se vió!

<<Aquí tenemos
en todas partes
marranos muertos
y perros mil,
que nadie cuida
de levantarlos
y que en las calles
se pudren.>> —<<¿Sí?,

dijeron todos
los Zopilotes;
pues nos quedamos,
mi buen señor.
Y vendrán otros
de Guatemala,
de Costa-Rica
y El Salvador.>>

(Enero de 1886)

La vida bohemia y despreocupada llevada a sus 19 años, enfrentaría a Darío con apremiantes carencias pecuniarias, como parece ser el caso que se propuso remediar mediante ingeniosa y poética profecía inventada ex profeso para uno que debió serle buen mecenas y amigable protector.

La Profecía de Horacio

Al amigo Dr. D. Jerónimo Ramírez

Para evitar un desastre,
estos versos no publico;
pero a usted se los dedico
por consejo de mi sastre…

I

Queridísimo Doctor;
escuche usted un momento,
que voy a contarle un cuento
para pedirle un favor.

Reinando el soberbio Augusto,
allá en la tierra de Lacio,
junto a sí tenía a Horacio,
a quien daba todo gusto.

Y cuenta una rara historia
unas preciosas escenas
que hubo entre Horacio y Mecenas
y que yo sé de memoria.

Póngame usted atención,
que esto es muy interesante:
conque vamos adelante,
que empieza mi narración.

II

Por ciertas habladurías
que le contaron a Augusto,
tuvo éste un serio disgusto
con Horacio y sus poesías.

Y mandó a recoger todas
las obras del pobre Horacio,
y lo echó de palacio
con sus epístolas y odas.

Horacio, un tanto apenado
fue a casa de Mecenas,
y recibió a manos llenas
favores del potentado.

A millares los sestercios
recién hechos en los cuños;
las ricas joyas por puños,
y los clámides por tercios.

Tanto, que Horacio, en muy buenas
odas y epístolas largas,
dándole versos por cargas,
inmortalizó a Mecenas.

III

Pues bien: ya de alguna edad
el gran poeta latino,
de su hacienda en el camino,
le atacó una enfermedad.

Y aunque médicos magníficos,
siguiendo su propedéutica,
estudiaron terapéutica
y aplicaron específicos,

de gran confusión en medio,
dijeron echando un taco:
<<El amigo Horacio Flaco
se nos muere sin remedio.>>

Y la enfermedad aprieta;
y de tal guisa apretó,
que a poco rato llegó
la agonía del poeta.

Mas cuando el vate latino
vió que se iba a morir,
reclamó, para escribir,
un trozo de pergamino.

Escribió algo… y mandó
que en un cajón de granito
enterraran lo ya escrito,
y lo escrito se enterró.

Pasaron siglos; y Roma,
la Roma de los patricios,
sucumbió, pues de los vicios
la minaba la carcoma.

Pero hace muy pocos meses
que en las romanas regiones,
en unas escabaciones,
unos obreros franceses…

hallaron en una caja
de granito un pergamino
del viejo tiempo latino,
que es para el museo alhaja.

Renán, a fuerza de afán,
tradujo el escrito aquel:
y he aquí una copia fiel
de lo que sacó Renán.

IV

La Profecía de Horacio

<<Día de los otoñales:
Principio de Lupercales…
Tierra, la tierra de Lacio…

Yo, el poeta Horacio Flaco,
por los dioses protegido;
que respetüoso he sido
con Jove, Venus y Baco.

Yo, ya del sepulcro en frente,
por médicos desahuciado,
y por Apolo inspirado,
profetizo lo siguiente:

<<Vendrán—dicen los profetas—
en tiempos que están muy largos,
vendrán días muy amargos
para todos los poetas.

Y en una tierra que está
perdida aún en el agua,
en tierras de Nicaragua,
un poeta nacerá…

Y parirá con dolor
versos; y será, no obstante,
a parte post y a parte ante
pelado, mi buen señor.

Y un día se llegará
en que moleste a un Doctor,
y le pedirá un favor,
y no se lo negará.

El poeta en sus apuros,
y en días del mes de enero,
al Doctor que me refiero,
le pedirá <<Veinte duros>>.

Y el susodicho Doctor,
esa corta cantidad
se la mandará en verdad
con el mismo portador.

Y este hecho se escribirá
en letras de gratitud,
que ni del tiempo el alud
con su curso borrará…>>

Aquí acabó. Y con razón,
ese escrito al encontrar,
se lo envío hoy a mostrar
porque me dé su opinión…

(¿Enero de 1886?)

El Crucero, Managua, Nicaragua, lunes 30 de mayo de 2011.

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